Se miraban entre ellos,
de reojo a mi,
se retorcían de risa,
escalofríos que no comprendí.
Se anidaban silenciosos,
entre mi piel y mies huesos,
se bebían hambrientos,
la sangre para cuando los pienso.
Su trampolín, mi absurda cuchara en el simulacro de un té desabrido,
la miel una dulce sustancia,
un placer inconsistente,
perfectamente soluble, olvidable.
Chapoteaban en la saliva de mis insultos,
gritaban eufóricos por los toboganes de mis arrebatos,
se bañaban en mis lágrimas,
de verano sin zapatos.
Y de noche los confundí,
ese carnaval de tambores no eran ellos enfiestados,
cuando haberlos aniquilado creí,
en mis puños no había más que mis latidos cansados.
31 jul 2011
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