Apresúrence antes de que estalle la calma en mi alma,
no pasa el río del cristal por la sal de mi palma,
se caen las sombras desde las copas y las sombrillas,
ellos venían, pasitos pasitos, por las alfombrillas.
Asómense a la ventana las luces que contemplen,
no huyan, se escabullan, persigan y sigan, se mezclen,
la trampa me alce, y así yo alcance, tus ojos,
se cierre el túnel, después del perfume, de las serpientes que toco.
Vuélvanse locos, paisajes de rojo, los globos al cielo,
que suene el abismo, te encuentre ahí mismo, en el terciopelo,
del piano que suena, melodía plena, de tu escenario,
cuando te paseas, y caes, mareas, delirio y presagio.
Endulcen tu lengua, de sábana en agua,
lujuria te tenga, en cascada morada,
disfrácense tus instantes, de plata, y arco iris,
contra lúceme, y distíngueme, silenciosa, y no me mires.
Antes del olvido, de la nostalgia, de la lobredad,
del primer aleteo, y el vuelo triste hacia la soledad,
antes de la escafandra que vista la ausencia,
antes del humo y ceniza de la insípida esencia,
del sabor amargo, y el carmesí en la copa,
antes del suspiro en la orilla de la ola.
Un velo cubre el sol al pie del horizonte,
y luego arde, bajo el agua se esconde.
Un cuento vive en un laberinto,
inconcluso, desesperado, perdido, en el recinto.
El árbol se asfixia,
mi carne en él,
él solo mece sus hojas,
hojas que fueran mías,
mía su savia,
sabias sus hojas,
suya mi sangre.
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